24.5.09

Aplauden en Venezuela lo que no se atreven a hacer en Argentina.

La decisión del gobierno venezolano de estatizar tres empresas pertenecientes al grupo Techint no es antojadiza. Dichas empresas están directamente vinculadas a la industria petrolera, principal motor de la economía en Venezuela. Por eso la medida resulta tan estratégica como indiscutible, desde el punto de vista de la sagrada autodeterminación del país hermano. Sin embargo, ha causado polvareda en amplios sectores del establishment político, económico y mediático en nuestro país.

Aunque los capitales de Techint son de origen italiano, y su sede administrativa se sitúa en Luxemburgo, el holding empresarial es considerado como “argentino”. Por eso el establishment local salió a reclamarle al gobierno “intervención” en el caso (¿no era que la mano invisible del mercado ordena todo?).

Sin embargo, la intervención de la administración Kirchner, ya fue lo suficientemente generosa en su momento. Según versiones periodísticas, tras gestiones del gobierno argentino, Venezuela habría hecho efectivo el pago de casi U$S 2.000 millones a Techint por otra nacionalización efectuada en Abril de este año, a pesar de que el plazo para cancelar dicha deuda vence en Octubre de 2010. El dinero cobrado por la empresa “argentina” estaría bien resguardado, claro, en un banco de Londres.

El líder de la CGT Hugo Moyano -principal sostén del kirchnerismo desde lo “social”- manifestó su desacuerdo con la medida de Chávez. “No es lo que nos enseñó Perón”, declaró el sindicalista, olvidando (o escondiendo) que durante el primer gobierno peronista se nacionalizaron los ferrocarriles, los sistemas de telecomunicaciones, el gas, parte de la energía eléctrica, la navegación de ultramar y de cabotaje, la aeronavegación y el seguro.

La derecha tradicional, desde Carrió a De Narváez salió en coro a posicionarse contra el gobierno, tratando de instalar la idea de que Argentina marcha hacia un “modelo chavista”. Muy lejos de la realidad, cabe anticipar, tanto para quienes observamos con entusiasmo el proceso venezolano como para quienes lo denostan. Es que en estos seis años, no se han dado pasos efectivos en el camino de recuperar para el Estado -y a través de este, para el conjunto de los argentinos- los motores básicos para un potencial modelo industrial (básicamente los recursos naturales como el petróleo, el gas, la minería, el agua y la tierra). Por el contrario, la entrega de esos recursos a las multinacionales se ha profundizado.

Mientras tanto, la “izquierda kirchnerista”, saca a relucir nuevamente su voluntarismo de Estado. “Nacionalización” es una palabra virtuosa a la hora de definir un “proyecto nacional y popular” como el que “encarna” Kirchner (la palabra “encarna” de tan repetida se vuelve ya hasta chistosa). De ese modo, aplauden en Venezuela lo que no se animan a exigir en Argentina.

20.5.09

El ARI y el populismo con clase.

Publicado en www.lafogata.org Mayo de 2005.


Hace unos días la titular del ARI, Elisa Carrió, definió al gobierno del presidente venezolano Hugo Chávez como un “populismo demagógico y autoritario”.

Se suele hablar tergiversadamente de populismo como una política demagógica ejercida irresponsablemente sobre los sectores populares, donde un caudillo gobierna en base a su carisma personal, haciendo aparecer como popular lo que en realidad es opuesto a los intereses del pueblo y la Nación.

El populismo -entendido en el sentido específico del párrafo anterior- implica necesariamente un desentendimiento manifiesto sobre la política por parte de los sectores populares. El dirigente populista gobierna sin la participación del pueblo.

En Venezuela se vive un proceso que dista mucho de encuadrarse en las definiciones expuestas hasta aquí. No sólo son los abundantes procedimientos democráticos los que legitiman la política llevada adelante en ese país, sino -y fundamentalmente- la participación organizada de cientos de miles de venezolanos en organizaciones intermedias de distinta índole, unidas todas ellas bajo el objetivo lanzado por Chávez. Como la misma Carrió advierte en sus dichos, en Venezuela “no hay oposición porque la oposición es el viejo régimen”, lo que brinda una pauta por de más de clara de la orientación revolucionaria del proyecto bolivariano convocado por Hugo Chávez.

La señora Elisa Carrió debería revisar sus conceptos -y fundamentalmente reacondicionar su biblioteca, lugar exclusivo desde el cual accede a la realidad- antes de emitir livianamente juicios tan contrarios a las posibilidades de un proyecto latinoamericano genuino que apenas comienza a nacer.

Por otra parte, su propia política podría ser definida como populista, autoritaria y demagógica.

Veamos. El ARI tiene un mensaje sectario, exclusivamente orientado a congeniar con el humor de la clase media y media alta. Con envoltorio progresista propone fundar un nuevo “contrato moral” como base para desarrollar un proyecto político. Si un dirigente político -aún representando a una clase social, como la clase media- piensa escribir ese contrato, al margen de la dinámica social y política, y al margen de las aspiraciones de las clases populares no está más que ejerciendo una demagogia con clase, con una postura autoritaria al atribuirse el derecho de imponer sus propias normas morales (o las de su clase).

¿La clase media, como “parte sana de la sociedad” es la que debe establecer los parámetros de la moralidad nacional, imponiendo un contrato a los “inmorales”, o dichos parámetros deben surgir como resultado de la interacción de todos los sectores que componen la Nación?

Posturas como las del ARI evidencian que existe entonces un populismo y una demagogia para cada clase social, y su posibilidad depende simplemente del grado de autoritarismo y audacia de un dirigente político. A Elisa Carrió le sobra la primer característica, pero carece de la segunda.

Por suerte, la estrategia de Carrió -al tiempo que se desentiende de lo popular- prescinde del concepto de poder, lo cual la hace estéril a los efectos de su implementación práctica, quedando relegada al mero papel testimonial del “querer pero nunca ser” de una clase social que en algún momento deberá abandonar su naufragio indefinido.

7.8.08

Perspectivas...

Ilustración: Enrique Breccia.

Siempre es bueno tener un libro de Jauretche cerca de la mesita de luz. Pegarle una ojeada resulta un poco como volver a las fuentes. Muchos pensadores han enriquecido grandemente nuestra historia política y cultural, pero pocos como Jauretche han tenido la habilidad de categorizar al país y a su historia de manera tal que dichas categorías queden siempre al alcance de las manos.

La filosofía nos invita permanentemente a sopesar diferentes perspectivas.

Por eso rescatamos este breve pasaje de Los profetas del odio y la yapa, como una perspectiva fundante:

“En una conferencia de FORJA les pedí a los oyentes que ubicaran a la Argentina en un planisferio imaginario. El público lo hizo: abajo a la izquierda. Dije entonces, recogiendo las contestaciones del público que, para pensar como argentinos, necesitábamos ubicarnos en el centro del mundo y ver el planisferio desarrollado alrededor de ese centro, que nunca seríamos nosotros mismos si continuábamos colocándonos en el borde del mapa, como un lejano suburbio del verdadero mundo…”


11.4.08

Los planes de alfabetización y el voluntarismo de Estado.

Varios son los análisis que seguramente se harán a partir de la histórica reunión cumbre del Mercosur realizada en Córdoba el 20 y 21 de julio, y de la que participaron como figuras estelares los presidentes de Cuba, Bolivia y Venezuela, éste último integrado ya como miembro pleno del cónclave.

Sin embargo, uno de los discursos a analizar resulta de vital importancia, no sólo a la hora de interpretar las posibilidades a futuro de una verdadera integración latinoamericana, sino en lo que respecta a la política interior de los gobiernos que participaron de la cumbre. En ese sentido, la disertación más emblemática resultó -junto con el de Fidel Castro- la de Hugo Chávez, quien con su habitual carisma contrastó con la mesura del resto de los miembros del bloque. El otro extremo en ese sentido lo fijó la representante chilena, única mandataria que leyó su discurso, esquemático hasta el hartazgo, carente de contenido y de verdaderas iniciativas.

El presidente venezolano planteó con claridad la necesidad y posibilidades de una integración a nivel social, es decir, una integración de los pueblos americanos. El Mercosur original fue planteado en los ‘90 como un espacio donde los gobiernos actuarían como intermediarios de las empresas con intereses en la región, para equilibrar asimetrías y elevar propuestas de intercambio que en el mejor de los casos beneficiarían a los pueblos de manera más que indirecta.

Chávez -a contrapelo de esto- mencionó en su discurso un ejemplo contundente en lo que respecta a la integración social que necesitan nuestros pueblos: la lucha contra el analfabetismo. En Venezuela 1.250.000 personas fueron alfabetizadas en poco tiempo con el programa cubano “Yo sí puedo”, dejando en evidencia que cuando existe voluntad política, las soluciones están mucho más cerca de lo que imaginamos.

¿Qué es lo que sucede al respecto en nuestro país? La respuesta es poco alentadora. Desde el gobierno nacional se lanzó en 2004 un plan de alfabetización con un objetivo tan modesto como factible: llegar apenas a poco menos del 15 % de los analfabetos en el país (unas 100.000 personas).

Pasados ya dos años, no hay resultados significativos a la vista.

En la provincia de Santa Fe también se implementa desde el Estado provincial el mencionado programa “Yo sí puedo”, acompañado de un importante despliegue publicitario. Comparar los resultados obtenidos con los de Cuba o Venezuela nos vuelve a desalentar. Como dato emblemático, Adriana Cantero -Ministra de Educación de la Provincia- reconoció públicamente en abril de este año que el índice de analfabetismo había crecido...

La cuestión educativa fue desde siempre –entre otras cosas- un puente entre las clases medias y los sectores populares. Tanto las organizaciones políticas y sociales de los años ‘70 como las que crecieron al calor de la resistencia en los ‘90 tomaron como eje esta cuestión, realizando notables experiencias, vinculando el ámbito universitario con el barrial y mostrando que era posible construir un modelo de integración social basado en la solidaridad y el compromiso.

Estas experiencias fueron motorizadas fundamentalmente por el voluntarismo de una militancia que creía fervientemente en lo que hacía, y que tenía como horizonte -aún desde diversas posturas ideológicas- la construcción de un proyecto de país distinto al imperante. La militancia social y política volcada a participar de los actuales proyectos gubernamentales ha quedado presa de una contradicción irresoluble. El voluntarismo desplegado en este marco no se constituye en ejemplo, porque dicho marco es el Estado. Tal práctica social no se realiza en función de la construcción de una necesaria utopía social, sino como política de Estado, lo cual -a partir de los exiguos resultados- la vuelve estéril y la diluye en la realidad efectiva, donde contrasta con las necesidades que quedan sin resolver.

El Proyecto Nacional se manifiesta como incierto. El ya lejano boicot a las petroleras no fue una medida tomada en el camino de la recuperación de nuestros recursos energéticos. Tampoco el cierre a las exportaciones de las carnes fue pensada en el marco de una reforma agraria, o tan siquiera de apoyo a los pequeños productores. Todo esto no es más que la puesta en escena del verdadero objetivo del gobierno: mantener el complejo equilibrio entre su rol de garante del estatus de estos sectores económicos y el necesario sostenimiento de los precios de productos sensibles para la población como el combustible o la carne. El objetivo es por demás limitado: contener la inflación para no dilapidar la actual estabilidad política. Este aspecto de la política educativa que mencionamos no está al margen de esta operatoria, con el agregado de haber neutralizado a buena parte de la militancia popular, entrampada en las redes de una burocracia estatal que no da muestras de haber renovado sus atrofiadas estructuras.

16.2.08

Debates con la sociología.

Lo que sigue es un fragmento de las Observaciones para la segunda edición de El pecado original de América, de Héctor A. Murena. Una ácida pero en gran medida acertada crítca a la sociología.

"Se trata del auge de la interpretación de la realidad por medio de la llamada sociología. No es este el lugar para poner en claro la completa ilusión –o desesperanza- que encierra ese supuesto sistema de conocimiento que se titula científico porque se fundamenta en cifras estadísticas. Me limitaré a señalar que no se puede obtener ningún conocimiento de los hechos humanos mediante sistemas cuantitativos, puesto que lo humano es fundamentalmente cualitativo, y sólo se deja aprehender como cantidad en su aspecto petrificado, muerto, inhumano, de evento que no se repetirá. Y añadiré que, aun en el caso de que lo antedicho no fuese así, el supuesto de la sociología de ser neutral, científica, de dejar hablar a los hechos en bruto, a las cifras desnudas, es un despropósito o una quimera, puesto que no sólo tal neutralidad es imposible –porque ningún hecho existe sin el parcial registro humano y porque el hombre no puede eludir la parcialidad de su registro- sino que además no se puede iniciar la recolección de las cifras sin una hipótesis previa que ordene tal recolección, con lo cual las cifras son amoldadas a la hipótesis, para constituir el todo una mera conjetura vergonzante. Pero el caso es que este procedimiento llamado sociología se ha adueñado del mundo intelectual americano con la pujanza de quien poseyese llaves del abismo. ¿Y qué nos da? Nos da de nuestros países cuadros de carácter estadístico en los que se exponen unos problemas demográficos, económicos, políticos, etc., según los cuales tales países son comparables e intercambiables con muchos otros del mundo. La sociología nos arrastra así hacia el anonimato existencial."

H. A. Murena, Febrero de 1965.

Murena, Héctor A. El pecado original de América. p. 16. FCE. Bs. As., 2006.


7.2.08

Los que luchan y los que lloran.

Por: Mauro Emiliozzi. Especial para "¿Para qué otro blog más?"


“Que su nombre siga casi tan ignorado en su país como el pedazo de selva que esconde sus huesos era previsible para Jorge Ricardo Masetti. Periodista, sabía como se construyen renombres y se tejen olvidos. Guerrillero, pudo presumir que si era derrotado, el enemigo sería el dueño momentáneo de su historia. (...) Sabía que la victoria final de la revolución está amasada con los fracasos anteriores.”

-Rodolfo Walsh. Prólogo a Los que luchan y los que lloran. Marzo de 1969-


No soy crítico literario, por lo cual, lo que sigue no es una reseña, sino tan sólo un puñado de impresiones acerca del libro que destacamos como “El libro del mes”.

Los que luchan y los que lloran -inhallable durante años- llegó hace años a mis manos revolviendo los depósitos de una conocida librería céntrica. Reeditado por la extinta Puntosur en 1987 (la edición original data de 1969), el texto se convirtió en libro de cabecera para varias generaciones de militantes, junto a otras obras emblemáticas como La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, de Omar Cabezas, o La paciente impaciencia, de Tomás Borge.

El hilo conductor que enhebra la encuadernación misma de estos relatos testimoniales es sin duda el voluntarismo épico de la militancia revolucionaria latinoamericana de los años ’60 y ’70. Dicho voluntarismo ha sido siempre uno de los puntos más cuestionados, no sólo desde las usinas ideológicas de los dominadores, sino también desde no pocas autocríticas realizadas por algunos protagonistas de las luchas del campo popular.

Es evidente que aquel voluntarismo revolucionario resulta nada más ni nada menos que la realización extrema del ideal de la modernidad, es decir, la concepción de que el mundo puede modelarse de acuerdo al punto de vista del sujeto, capaz a su vez de sintetizar la realidad a partir de fórmulas lógicas.

Sin embargo, el voluntarismo, llevado al extremo de intentar sobrepasar los límites de lo humano, se acerca tal vez inconcientemente a aquella dimensión humana extraviada de la que la modernidad intenta escapar. Massetti persiguiendo su propio final en la selva salteña, es un ejemplo de ese voluntarismo sin concesiones, donde se juega aquella posibilidad certera de cambiar el mundo -a partir del aludido ideal de la modernidad- pero que paralelamente muestra explosivamente un costado mucho más recóndito de la vida, negando la dialéctica aunque se la predique ideológicamente.

Cuando el revolucionario cumple su cometido se asemeja a dios, en su capacidad de modelar el mundo a imagen y semejanza de un ideal. Con ese espíritu está escrito Los que luchan… pero cuando la aventura revolucionaria fracasa, lo que sobresale es la perspectiva humana, limitada y finita. He ahí la tragedia con sus dos caras, que en nuestra América se mantiene latente, a la espera de una nueva oportunidad para recomenzar.


LOS QUE LUCHAN Y LOS QUE LLORAN Y OTROS ESCRITOS INEDITOS. Autor : Jorge Ricardo Masetti. Editorial : Nuestra América. ISBN 9871158459 - Peso 290 g., 2006, Rústica, 288 pp. y 1 CD-Rom. Precio : $42

23.1.08

Casi me arrasa la huahua.

Rodolfo Kusch. Indios, porteños y dioses. en Obras Completas, Tomo I. Edit. Fundación Ross. Rosario, 2000.


Cuando se viaja a un país extraño uno espera encontrar siempre un estilo de vida inédito. Pero es inútil. Por más que los viajes agudicen la sensibilidad ante la novedad, y uno la busca en la calle, en el tren o en el hotel, siempre alienta nuestra defensa: ese temor de que la novedad destruya la herencia adquirida en nuestra buena ciudad.
Así ocurre, por ejemplo, cuando una mañana a las diez uno ve por las calles de La Paz a un hombre con un sarcófago blanco y pequeño sobre el hombro, a quien acompaña una mujer. Ninguno llora, sólo parecen tener un gran apuro por llegar al cementerio y, una vez ahí, contratan a algunos llorones, cantan unos cantos y luego proceden sin más al entierro del niño, en todo caso acompañando la ceremonia con libaciones abundantes de alguna bebida alcohólica.
Otra vez un indio viejo está arrodillado ante el puesto de una chola y, mientras ésta arregla su mercadería con indiferencia, aquel llora pidiendo quién sabe qué favor.
Nunca haríamos nosotros, los porteños, una cosa así. Claro, se trata de episodios insólitos que nos dejan mudos. Pero hay otros que se aproximan un poco más a nuestras costumbres, y ante los cuales nos atrevemos a adoptar una actitud firme.
Cierta vez pasa ante nosotros un camión pesado, y unas tablas rozan al niño que una india mal vestida tenía colgado de sus espaldas, según la usanza de las mujeres del altiplano. La mujer se tambalea. Alcanzamos a sostenerla y comprobamos que se le había rasgado el manto. Gritamos al conductor para que detenga su marcha, pero éste la continúa con indiferencia.
Como es natural, protestamos. Pero la india, con el rostro inmóvil y la voz en un hilo, balbucea apenas: “Casi me arrasa la huahua”. Miramos hacia dónde iba el camión. Ya está lejos. Y cuando nos damos vuelta, comprobamos con sorpresa que la india se perdía en el montón de gente.
Es curioso. Aplacamos entonces nuestra indignación por el conductor y la emprendimos con la pobre india. Nos irritamos que fuera tan pasiva, tan lábil, y de que no protestara ante los acontecimientos arbitrarios e injustos. Y pensamos, como es natural: “Allá en Buenos Aires, cualquier día nos iban hacer una cosa así.” La resignación nos resulta intolerable.
Sin embargo, detrás de la resignación de la india hay algo más que nosotros hemos perdido. Ella no tenía la protesta a flor de labio, porque su mundo se alimenta en otras fuentes que el nuestro.
Cierta vez en Tiahuanaco empezó a granizar, y vi que un indio tomaba un caño y comenzaba a golpearlo con furia, mientras gritaba en aymara una serie de amenazas. Supe luego que lo hacía así porque quería ahuyentar a qowa, que es un gato causante del granizo. Se trata de una creencia muy extendida en el altiplano, según la cual este felino, que duerme junto a las fuentes, en ciertos días asciende hasta las nubes y desde ahí intenta perjudicar los sembrados.
¿Que hubiéramos hecho nosotros ante el granizo? Nada. En cambio el indio pensaba que con el ruido lo haría cesar y ahuyentaría al felino. Es cierto modo le envidié esa creencia. Porque ¿qué es una creencia? Pues la prolongación de uno mismo hacia fuera. El objeto de fe es puesto afuera, en medio de la dura realidad. Por eso el indio - porque cree - ve afuera un fenómeno vital, mientras que yo - que no creo - no veo otra cosa que un fenómeno mecánico.
El indio tiene entonces una puerta abierta por donde su vida se le escapa y se convierte afuera en dioses. Posee el asombro original de los primitivos. Se asombra del granizo y se lo atribuye al felino. Pero el felino a su vez vuelve y le castiga el sembrado. Y todo constituye un ciclo cerrado.
El indio entonces comienza su vida al dentro de sí mismo, lleva a ésta hacia fuera y la convierte en dioses, y los dioses vuelven sobre él. El indio es así prisionero de su propia vida. Incluso le queda en todo esto el recurso de un rito para ganarse la voluntad de los dioses.
¿Y nosotros? También comenzamos con nuestra vida adentro de nosotros, pero no salimos. La inteligencia, la razón, la lógica nos lo impiden. Estamos solos frente al mundo, mientras que el indio está acompañado, aunque sea por qowa, el felino.
De ahí la supuesta indiferencia de la india cuando nos dijo “casi me arrasa la huahua”, y de ahí también nuestra protesta. Ella cree en los dioses, y nada dice, y nosotros creemos en la libertad, y protestamos.
Pero aquí cabe una pregunta clave: ¿Estamos realmente libres? ¿Carecemos totalmente de un asombro original? ¿Nunca más querríamos creer en los dioses?
Cuando caminamos por las calles de nuestra gran ciudad y oímos un tremendo ruido a nuestras espaldas, enseguida nos damos vuelta y comprobamos la causa. ¿Que pasó en ese lapso de tiempo que transcurre entre el ruido y la comprobación? Pues un asombro original. Un choque imponente tiene algo de apocalíptico. ¿Qué no diremos de un incendio: la sirena de los bomberos, el chorro de agua, el humo, el público que se arremolina y esa tremenda fascinación que campea en todos?
¿Que decir, en general, de ese afán de novedades que un pensador contemporáneo, muy copiado actualmente, atribuye con desprecio al hombre común? ¿No será, en el fondo, el afán de reencontrar la antiquísima verdad de los dioses, aún cuando se trate de un incendio o de un accidente? Se diría que en la gran ciudad ponemos tímidamente un pie afuera ante cada novedad, pero nunca encontramos el suelo que nos sirva de apoyo, o, mejor dicho, los dioses en quienes creer.
Pero nos creamos ámbitos ficticios para satisfacer nuestra búsqueda. ¿Qué es una ruleta, sino un platillo en el cual meten sus manos los dioses? ¿Y qué es el cine? Hemos gastado millones en construir cines son cinemascope y sonido estereofónico. Gastamos otro tanto para hacer películas con miles de intérpretes rodadas en todo el mundo. ¿Para qué? Para recobrar el asombro original. Cuando vemos una buena película no queremos que finalice, porque nos sentimos metidos en una realidad totalmente afín con nuestra vida, y porque nosotros mismos somos ese cowboy que salva a los indefensos, o el guerrero que vence a un ejército.
Y esto es lo mismo que qowa, el felino del granizo, que nos fascina. También el indio tiene una inmensa pantalla en la que desfilan los picos nevados y las punas ingratas, como nos pasa a nosotros en el cine. ¿Qué distancia cultural media entre estar sometido a los picos privados y la máquina proyectora de cine? Apenas 3000 años, una gota de agua en el medio millón de años que dura la especie humana.
Quizá una prueba de esta proximidad un poco alarmante la brinda esa psicología del “ya sé”. Cuando alguien en Buenos Aires nos explica algo, nos incomodamos y respondemos con un monocorde “ya sé, ya sé”. Vivimos como si ya lo supiéramos todo, o al menos como si nosotros o la humanidad, alguna vez, lo sabrá todo. Pero en el fondo, cómo nos molesta esta exigencia constante y un poco gratuita de saberlo todo. Quisiéramos, por ejemplo, sustituir el saber por la amistad. No nos molestan tanto los argumentos científicos en una discusión, como la falta de afecto del contrincante. ¿Por qué?. Porque quisiéramos un mundo menos hostil, algo así como un regazo divino y ganar la paz eterna con una simple ofrenda. ¿Y, al fin y al cabo, en qué consiste nuestra desconfianza tan porteña? En que quisiéramos ganar todos nuestro asombro original y una verdadera fe de los dioses, pero con todas las garantías del caso, de tal manera que nadie supiera que nos están engañando.
Entonces, ¿por qué nos enojamos cuando aquella india nos dijo imperceptiblemente: “Casi me arrasa la huahua”? ¿Acaso habríamos salvado al chico? No. Porque si algo le hubiese ocurrido, nada habríamos podido hacer. Una muerte en ningún lado se repone. ¿Queríamos inculcarle la exigencia de un mundo mejor como nos pasa a nosotros? ¿Para qué? ¿Para sustituir su fe en los dioses y en los felinos del granizo por una fe en las instituciones municipales o en los técnicos de accidentes? ¿Estamos absolutamente seguros de que nuestra voluntad puede corregir al mundo en todos sus aspectos, aún en el de la muerte? Ese fue un ideal de nuestros abuelos y nosotros, herederos de ese ideal, nada hacemos por él, sólo nos limitamos a mantenerlo en vigencia. Entre tantos millones de habitantes no nos cabe otra suerte que la de cumplir con el pequeño papel que nos fue asignado.
Y he aquí la contradicción: la india cree en los dioses y trata de mantenerse indiferente ante un camión que casi le arrasa la huahua. Nosotros, en cambio, no creemos en los dioses y protestamos contra el camión. No sé quién sale ganando en esto. Lo cierto es que la vida en el altiplano y en Buenos Aires es una sola cosa, y tanto los dioses como los camiones son importantes. Quizá todo consiste entender un poco de nuestra exagerada libertad a los dioses, siquiera para no andar tan solos por las calles. Y éste es un antiguo problema de nuestra vida argentina.

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Mauro Emiliozzi
Licenciado en Filosofía por la Facultad de Humanidades y Artes (Universidad Nacional de Rosario). Ha intervenido en diversos congresos y jornadas con ponencias relacionadas con el pensamiento argentino y latinoamericano. Varios de sus artículos de opinión han aparecido en medios digitales, y ha recibido premios y menciones por sus ensayos desde 2002. Actualmente es docente adscripto en la cátedra de Historia de la Filosofía Contemporánea de la Carrera de Filosofía (FHyA-UNR) y colabora en el CEFAL (Centro de Estudios Filosóficos en Argentina y Latinoamérica). "La dimensión existencial del piquete" es su primer obra publicada.
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La dimensión existencial del piquete

Los procesos sociales y políticos que se despliegan en América nos ponen ante una disyuntiva: pensarlos desde la técnica que nos ofrece una determinada ideología o teorizar a partir de su observación directa. La primera alternativa, amén de ser la más cómoda, es intelectualmente la menos arriesgada. El estancamiento de la filosofía, según Rodolfo Kusch, se produce precisamente porque dependemos de una técnica que nos habilite la posibilidad de pensar. Pero detrás de esa técnica, se esconde el miedo a pensarnos a nosotros mismos. La aparición del piquete -como hecho social y político- en el ocaso de nuestra Argentina neoliberal, nos invita a situarnos en una posición de apertura frente a una realidad que se nos manifiesta como inabarcable en su totalidad. Pero quedarnos con el piquete como mero hecho político o social, nos obtura la posibilidad de pensar la otra faceta de esa circunstancia, su reverso. Desde el pensamiento de Rodolfo Kusch nos vemos ante la posibilidad de acceder a una explicación profunda de dicha realidad, en base a categorías que buscan establecer la originalidad del pensar en América.La experiencia del piquete, nos liga íntimamente con ese reverso de América, con esa faceta oculta tras la máscara de la racionalidad impuesta por occidente, recordándonos que las respuestas que buscamos en el horizonte, muchas veces conviven con nosotros, a nuestro alrededor.

[Índice del libro]

Agradecimientos / Dedicatorias. 7

Nota Preliminar. 11

Introducción. 17

Rodolfo Kusch y la existencia en América. 29

El paisaje como entidad metafísica en la América mestiza. 36

La fagocitación: del mero estar nomás al estar-siendo. 50

El hedor como experiencia existencial. 59

La negación como lógica americana. 64

Mito y seminalidad en el pensamiento americano. 70

La Argentina piquetera. 79

El piquete y su lugar en el mundo. 84

El piquete y su hedor. 93

El piquete y los paradigmas (subdesarrollo, historia y ciencia). 98

El piquete: desde su estar, hacia un estar-siendo. 103

Conclusiones. 117

Bibliografía (obras citadas). 125


“La tesis muestra un modo de hacer filosofía que no es habitual, y que me parece muy legítimo y muy importante. Un modo de hacer filosofía que acepta el desafío de la realidad. Se hace un análisis fenomenológico de esta experiencia piquetera que realmente me parece muy bueno y que muestra cómo se puede trabajar de acuerdo a ese modo de hacer filosofía”

-Francisco Parenti-

Titular Cátedra Historia de la Filosofía Contemporánea. Escuela de Filosofía. FHyA - UNR

Presidente de la Asociación Filosófica Argentina (A.F.R.A)


“Cuando una comienza a leer este trabajo se siente involucrada en un cierto acto clandestino, porque resulta ‘subversivo’ -y lo reivindico totalmente- lo cual hace que sea convocante, atrapante y de alguna manera te convenza. Esta perspectiva desde la cual se propone pensar este ‘piquete seminal’ es revitalizadora. Se anima a investigar, desde la teoría y la práctica, y además habilita al autor como pensador.”

-Silvia Bianchi-

Titular Cátedra Introducción a la Metodología y Técnicas de la Investigación II.

Escuela de Antropología. FHyA - UNR


 

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